Cuando las librerías eran refugios”
Hubo un tiempo en que las librerías eran más que lugares donde comprar un libro. Eran refugios, espacios vivos donde el aroma del papel antiguo se mezclaba con conversaciones, consejos de libreros apasionados y el descubrimiento de mundos que no sabías que existían. Cada estantería contaba una historia, cada rincón guardaba secretos y cada libro tenía su propio hogar.
Hoy, la tecnología ha entrado sin permiso, desplazando la calidez de estos lugares. Los libreros, guardianes de historias y guías de lectores, han sido reemplazados por algoritmos que nos “sugieren” lo que deberíamos leer. Las tiendas físicas cierran, los trabajadores pierden su sustento, y muchos de esos pequeños universos desaparecen, automatizados y fríos.
No se trata solo de negocios; se trata de memoria, de conexión humana, de lugares que nos enseñaban a amar los libros no como objetos, sino como compañeros. La tecnología nos ofrece comodidad, rapidez y acceso ilimitado, pero también borra algo esencial: la experiencia de encontrarse con un libro, de hablar con quien lo ama, de sentir que no estás solo en tu pasión.
Quizá ya no podamos volver atrás, pero podemos detenernos un momento, entrar en una librería, mirar sus estanterías y sentir que cada libro sigue esperando su lector. Que el olor del papel, la voz del librero y la magia de descubrir algo nuevo no se pierdan del todo.
Porque más allá de la tecnología, siempre habrá espacio para lo humano: para las historias compartidas, para los encuentros inesperados y para esos silencios llenos de palabras que solo un libro puede regalar.

